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No entiendo cómo gustan los programas con niños

Martes 27 de Octubre de 2015 13:01
 

No entiendo cómo gustan los programas con niños

Hace muchos, muchos años, en una galaxia muy, muy lejana yo era un chaval cuyo mayor deseo en la vida era poseer una Megadrive sin tener que pactar con mis padres un cierto número de aprobados y una disminución drástica de los avisos por parte de mis profesores quejándose de mi constante parloteo. Ante tal diatriba, mi mente infantil sólo contemplaba dos posibilidades: o robarla -opción descartada rápidamente ante el temor de arder en los fuegos del averno que los curas de mi colegio aseguraban que me aguardaban si me comportaba de manera poco cristiana- o participar en un concurso de TV3 en el que el premio era precisamente ese, una Megadrive.

Por suerte para mi yo futuro, sólo se trataba de un concurso de preguntas y respuestas que se emitía durante el Club Super 3 y en el que lo más ridículo que tenía que hacer era sentarme en una silla vestido de tripulante espacial (como lo leéis) y darle a un pulsador cuando creyese saber la respuesta a la pregunta que una voz en off formulaba. Mi yo de entonces, obcecado con tener esa Megadrive entre mis manos y fundirme los globos oculares durante horas controlando a Sonic en sus farlopísticas aventuras, creyó más necesario centrarse en darle al pulsador que en escuchar la pregunta, con lo que acabé perdiendo y volviéndome a casa con las manos vacías.

Y este es mi testimonio, Patricia. No sé si algún mecanismo psicológico de trauma absoluto ante la no obtención de esa noventera videoconsola es el culpable, pero os aseguro que tengo una completa aversión a los programas con críos. Y no, no soy de esas personas que detesta a los niños y pone cara de oler mierda cada vez que uno corretea a su alrededor en un centro comercial. Quizá porque les respeto como personas que son no concibo cómo puede haber padres que se presten a someter a sus hijos, vírgenes en lo emocional y en el fracaso, a algo tan horrible como un talent show.

Sí, horrible. Pero horrible para el que lo vive, no para los que lo vemos. Si un concursante con el cerebro ya formado (mejor dicho, adulto, porque todos recordamos algún concursante de talent show cuyo cerebro parece no haberse acabado de formar nunca) lo tiene jodido para superar la completa indiferencia del público que sigue al subidón de éxito y fama, imaginaos un niño.

Estoy seguro de que, si os ponéis a pensar, recordaréis más de un ex concursante de talent show hablando de lo horrible que es estar sometido a la presión de un programa de esas características: exigencia, estar sometido constantemente al veredicto público, jurados que te encumbran o te hunden en la miseria con sólo unas pocas palabras... A diferencia del que vive un reality como Gran Hermano, el concursante de un talent show se ve a sí mismo en un plató rodeado de luces cegadoras, un público entregado y varios pares de ojos y oídos centrados en analizar y valorar cada movimiento que haces. Y cuando empieza a creerse que es una estrella de la magnitud de Adele, se acaba el programa y tiene que enfrentar a la dura realidad: a la del olvido, el estigma y las puertas que no se abren.

Es lógico que un niño quiera participar en La Voz Kids, en Pequeños gigantes o en Master Chef Junior, claro que sí. Ellos tienen un sueño y les hace una ilusión gordísima ser como sus ídolos, qué culpa van a tener ellos. Los que sí que deberían pararse a pensar en ello son los padres, esos que empiezan dejando al crío participar en un casting de niños cantantes porque le hace ilusión y acaban convirtiéndose en un Matthew Knowles o, peor, en un Humberto Janeiro. Repito que no soy padre y no lo voy a ser en un futuro inmediato (a no ser que la vida me sorprenda muchérrimo), pero entiendo que la responsabilidad de ser padre implica hacer bajar al niño de su mundo de fantasía multicolor y hacerle ver que hay muchos caminos para llegar a una meta, y que el camino rápido pocas veces es el adecuado.

Es por eso por lo que no puedo ver ningún talent show con niños porque me molesta especialmente verles tan ilusionados, con sus emociones vírgenes a flor de piel siendo explotadas por un programa de televisión en connivencia con unos padres cuya labor como tales me parece, personalmente y en este aspecto, muy discutible. "Lo entenderás cuando seas padre", me dirán algunos. "Quién te crees tú para juzgar lo buen o mal padre que es alguien, mentecato", me dirán otros. Y yo les diré que sí, que tienen todo el derecho a ofenderse, pero que se relean estos siete párrafos: a mí lo que me ofende es ver a niños y niñas encima de un plató cuando deberían estar dando patadas a un balón, yendo a clases de solfeo, haciéndose trencitas en el pelo, aprendiendo a tocar un instrumento, devorando bocatas de nocilla, cocinando con sus padres las recetas de reputados chefs o dejándose los ojos jugando a la Megadrive la Play 4.

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