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Docurealities de empeños y subastas: ¿por qué sois tan adictivos?

Martes 19 de Noviembre de 2013 09:18
 

Docurealities de empeños y subastas: ¿por qué sois tan adictivos?

Igual que el otro día os confesé que jamás había visto ni un solo minuto de ¿Quién quiere casarse con mi hijo? hasta que arrancó esta tercera temporada, hoy vengo en plan Isabel Gemio, con una rosa en la mano, a haceros otra confesión: Hola, me llamo Lunny y soy adicto. Pero no como Belén Esteban, que se metía algún que otro tirito antes de agitarse de manera asíncrona en ¡Más que baile!, no. Yo estoy enganchado a ver sin parar docurealities de empeños y subastas.

Ojo, que como a todos los adictos, a mí me ha costado horrores dar este paso y desnudarme ante vosotros (es un decir) como un yonki de estos programas. No es fácil para mí admitir que puedo llegar a pasar horas tirado en mi sofá encadenando entregas de La casa de los empeños, ¿Quién da más? o Empeños a lo bestia hasta terminar queriendo ir a casa de la vecina con un sombrero de cowboy a rogarle que me enseñe su armario de los trastos para pujar por él.

Y es que los docurealities, amiguitos, ya sean de empeños, subastas, cupcakes, vestidos de novia, cocina, deportes extremos, expediciones extrañas, muertes surrealistas o vergonzantes defectos corporales, han nacido con el objetivo último de ser lo que ponga banda sonora a esas tardes de resaca por las que todos pasamos un par de veces por semana de vez en cuando. Hace unos años, cuando la TDT y sus cadenas temáticas todavía no habían aterrizado en la programación televisiva en abierto, uno tenía que sobrellevar las tardes de sopor y pesadez cerebral con los telefilmes de embarazos adolescentes fruto de terribles violaciones, las películas antediluvianas de Cine de barrio o cualquier evento deportivo que nos permitiera vegetar en el sofá mientras dejábamos que el contenido audiovisual en cuestión nos centrifugase bien la cabeza.

Pero como la sociedad entendió que no era productivo entretener a los resacosos con películas de Paco Martínez Soria o Lina Morgan (a saber qué instintos homicidas se nos despertarían luego, oye), pidió a Diosito que buscase una solución. Y ésta cayó como maná del cielo en forma de múltiplex televisivos llenos de canales temáticos en cuyas parrillas se agolpan los programas con los que millones de estadounidenses asesinan neuronas día tras día mientras comen cuencos de pollo frito y sorben cerveza de las latas que se ponen a lado y lado de sus gorras de béisbol.

No me digáis que no es maravilloso pasar las horas espatarrado en tu sofá viendo cómo un grupo de peculiares dueños de tiendas de antigüedades pujan por trasteros cuyo contenido sólo pueden intuir. ¿Quién da más? es, por la simplicidad de su estructura narrativa, quizá el mejor programa para ver mientras tu organismo se concentra en sintetizar todo el alcoholazo que te metiste anoche entre pecho y espalda. Sabemos que empezará con los dueños contándonos sus estrategias para joder al otro (como si nos importara lo más mínimo), que seguirá con un tío enseñando trasteros mohosos llenos de porquería y que continuará con pujas a grito pelado por llevarse el lote en cuestión a precio de risa. A continuación veremos cómo descubren el contenido de los trasteros, cómo especulan la pasta que pueden ganar vendiéndolo y cómo les asalta la duda por algún cachivache. Porque siempre, siempre, hay algo que podría (o no) valer un panojal. Tras comprobar si el objeto en cuestión es valioso o, por el contrario, como mucho serviría para decorar el plató de Cuarto milenio, hacen un ranking de los dueños que más han ganado y hala, vuelta a empezar. Y así hasta que se te pongan los ojos en blanco.

Pero aunque ¿Quién da más? me tiene encandilado, nada me gustaría más que visitar las dos casas de empeños más famosas de los EE.UU: Gold & Silver Pawn Shop, en Las Vegas, y American Jewelry and Loan, en Detroit. Lo habéis adivinado, son los escenarios de La casa de los empeños y Empeños a lo bestia, respectivamente. Y no sé vosotros, pero yo me declaro fan absoluto y acérrimo de El Viejo, ese señor enjuto, acartonado, consumido por la vida y más imperturbable que el rostro de Kristen Stewart, que domina la tienda con mano de hierro sobre su hijo y nieto, a quienes tiene pinta de considerar retrasados mentales. Eso sin mencionar a Chumlee, el ayudante zoquete y cabeza de turco de todos los desastres comerciales que perpetran Rick (el hijo) y especialmente Corey (el nieto) y que tanto le amargan la existencia a El Viejo.

Y mientras que La casa de los empeños puede llegar hasta a hacernos aprender cómo distinguir una firma auténtica de George Washington de una de pega (algo absolutamente imprescindible para la vida moderna que muchas ofertas de Infojobs ya incluyen en sus requisitos mínimos), el despiporre llega con Empeños a lo bestia, esa alocada tienda que parece más bien el economato de una cárcel de máxima seguridad que un comercio respetable del que alguien pueda sacar dinero para dar de comer a toda su familia.

Empeños a lo bestia es gritos, amenazas, negras hostiles que te reclaman dinero que no tienes por qué darles, vagabundos medio desequilibrados que te quieren vender porquería de contenedor a precio de oro, seguratas que echan a la gente a patadas del establecimiento, quinquis de barrio que te quieren colar aparatos electrónicos robados, chonis de extrarradio que te rebuznan amablemente que quieren retirar los oros que empeñaron hace un tiempo para sacar a sus novios de la cárcel... Todo ello aderezado con dos hermanos que se llevan a matar y con un padre (el dueño) que practica la dictadura del 'porcojonismo' y que siempre se viste igual.

Porque eso es lo que pide nuestro cerebro cuando baja de revoluciones y nos implora tregua: algo sencillito, entretenido, fácil de digerir y que no se extienda mucho en el tiempo. Los docurealities cumplen esa función a las mil maravillas, y espero y deseo que hayan llegado para quedarse. Porque nada le hace a uno más llevadera una tarde plomiza que negras amenazando a gritos con quemar una tienda porque no les querían dar 400 dólares por unos pendientes de bisutería barata.

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