La emoción se va apoderando de todos aquellos que han visto los últimos festivales desde que ganara Dima Bilan, como si la intensidad con que se vive cada semana festivalera nos envolviese en una magia especial. A veces me gustaría que se viviese con tanto fervor como el fútbol en nuestro país, con tanta pasión como en algunos países donde la gente se echa a la calle hacia las pantallas gigantes para revivir cada año un acontecimiento único.
No dejo de pensar qué sorpresa nos tendrán preparada para la noche del 14 de mayo, cuando hayamos pasado ya por esas dos semifinales donde todos tenemos a nuestros favoritos esperando los sobres finales (los físicos y los informáticos) para conocer si nuestras predicciones coinciden con las del resto de Europa. La inauguración de Eurovisión cada año es como un enorme regalo de ilusiones, una pequeña porción recogida de las galas inaugurales de los Juegos Olímpicos sin duda, pero llevado al terreno musical y utilizando al ganador del pasado año en esa escenografía. Dima Bilan llegó volando por los cielos cual Mary Poppins y Alexander Rybak bordó una actuación de lujo sin olvidarnos del espectacular Euro Flashmob que revolucionó todos nuestros sentidos y puso a todos los países europeos sincronizados con un mismo baile.
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