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Verano Gris

Viernes 14 de Julio de 2017 12:25
 

Yo recuerdo que mi infancia fue feliz, probablemente más que la que tendrá mi hijo. No porque tuviese más cosas materiales sino por todo lo contrario. Tendrá más posesiones materiales de las que pueda desear y eso no le permitirá usar su imaginación. Será más inteligente debido a los estímulos que recibirá desde pequeño, pero no tendrá la riqueza de un mundo interior creado por la imaginación y la literatura. En fin, este prólogo es el inicio de una historia que se remonta a los primeros años de democracia española tras el régimen franquista, recuerdo que tendría yo seis o siete años años y correteaba por el pueblo de mi abuelo con mi amigo, Jonay, matábamos lagartos-hoy en día, eso está muy perseguido por las leyes medioambientales-, corríamos de un lado para otro, en fin, lo que hacen los chavales en los pueblos.

Recuerdo que por las tardes mi padre se iba a echar una partida de cartas con los amigos, mi madre hablaba con las amigas mientras tomaban café y mis abuelos dormían la siesta. Fue una de esas tardes cuando hice un descubrimiento que cambiaría mi vida. Yo era un pequeño regordete y muy despistado, por lo tanto, mi madre y sus amigas no pensaban que yo entendiese algo de lo que decían por lo que hablaban con total libertad, mientras yo jugaba a su alrededor. Mi padre era Guardia Civil, pero la verdadera investigadora era mi madre, con sus amigas tenían un servicio de inteligencia que ya lo hubiesen querido la CIA o el KGB, se enteraban de todo lo que sucediese en el pueblo.

Como decía fue una tarde de verano cuando oigo esta conversación:

- … ¿y cómo es que Isabelita no vino?

- Ay, Carmencita, ¿no lo sabes?

- No, ¿qué?, dímelo.

- Ay, pues que ahora tiene otro querido, mientras su marido está en la capital, se acuesta con Juanito, el de María.

- No si siempre a sido muy golfa esa mujer.

- Bueno, peor es lo de Mariángeles. Que hacía cosas con su madre y su hermano, por eso, su padre se suicidó, ¿no te acuerdas?

- Sí, pero ahora está casada y tiene dos hijos, un niño y una niña, ¿no?

- Pero, ¿has echado cuentas? Se comenta que el chico es el hijo de su hermano, no has visto la pinta de bruto y retrasado que tiene, jajajaj

- Que mala eres, Pili, eso no lo sabes…

Bueno, yo no entendía muy bien la conversación, pero como digo, pese a ser muy niño sabía lo que era acostarse porque lo había visto hacer a los animales en el pueblo. No entendía que dos mujeres lo hicieran, así que llevaba los juegos a los alrededores de la casa de Mariángeles, allí jugábamos con frecuencia Jonay y yo. No le dije nada a mi amigo porque me daba vergüenza hablar de eso con él, por aquel entonces pensaba que jugar con chicas era de afeminados, hoy daría lo que fuese por haber jugado más con ellas, pero a los médicos y cosas así, no obstante cuando llegué a los ocho años, mi mente había cambiado y algo sí pude aprovechar de la infancia.

Poco a poco, me extrañó que doña Mariángeles llamase a sus hijos al rato de que se marchase su marido al bar del pueblo a jugar a las cartas- esto lo sabía porque de vez en cuando iba al bar a incordiar a mi padre que me invitaba a un helado para que me fuese a jugar a otro lado-. Un día que Jonay estaba castigado por su madre y no podía jugar conmigo. Fui al ciruelo que estaba cerca de la casa de doña Mariángeles y trepé a él, pero esta vez al rato de que entraran me acerqué a espiar por las ventanas, no es que sospechase nada de lo que ocurría, sólo quería saber si les daba algún postre rico. Y bueno, rico sí era, postre, no sé…

Ví como entraban al dormitorio con cama de matrimonio y busqué la ventana que daba a esa habitación. No tuve suerte porque estaban cerradas y con unas puertitas que impedían ver a través de los cristales, pero oí unos ruidos raros, eran personas, pero no sabía que significaban. He de decir que cuando era niño, no meditaba mucho las consecuencias y sin pensarlo dos veces entré en la casa- en aquella época, las puertas siempre se dejaban abiertas en el pueblo-. Hoy, me pongo nervioso sólo con recordar lo que hice pero entonces sólo pensaba en descubrir lo que sucedía en ese cuarto.

Poco a poco, me acerqué a la puerta del dormitorio y lógicamente, la puerta estaba cerrada, pero aunque hoy en día, las cerraduras son minúsculas por aquel entonces en esas casas viejas del pueblo, las cerraduras eran para llaves enormes y, por tanto, tenían un agujero que permitía ver las cosas del interior del cuarto bastante bien. Afortunadamente, la de ese cuarto no era la excepción. Miré y no entendí bien lo que veía. A veces pienso, que yo fui mentalmente muy tardío en madurar intelectualmente, en fin, doña Mariángeles estaba con la falda subida y la blusa abierta dejando a sus hijos Ramón y Elena jugar encima de ella. Yo pensé que todavía los amamantaba como a los niños porque los vi a los dos chupando un pezón cada uno, ingenuo, pensé que era la hora de darles el pecho. Aunque me extrañó que luego Ramón chupase y lamiera la rajita de su madre o como introducía su colita en la rajita de su madre mientras esta besaba, chupaba y lamía el cuerpo de su hija, sus senos, su rajita. Era francamente raro para mi inocente- cada vez menos- mente. En aquel entonces, yo no percibía el atractivo del cuerpo de Mariángeles y Elena.

Sin embargo, visto con mi mente adulta, eran bastante hermosas, Mariángeles, con treinta años, tenía unas tetas enormes y no era gorda, rellenita si acaso, de metro setenta, pelo negro azabache tenía una boca de labios gruesos que incentivaban para las mamadas. Su hija, Elena, era medio rubia, medio castaña, para sus catorce años tenía unas tetas enormes y un culo de infarto, era algo más alta que yo, pero no mucho pues yo era bastante alto para mi edad. Recuerdo que ya a esa edad los chicos mayores, los hombres y los viejos verdes le decían de todo cuando pasaba con la compra del supermercado. Era muy bonita y alguna vez me había regalado caramelos o me había dado un beso en la mejilla cuando me veía jugando de pequeño. Su hermano, en cambio, era el matón del pueblo y, a mi amigo Jonay, le había dado más de una paliza. A mí, me dejaba en paz porque en aquella época a los picoletos, así se llama coloquialmente a la guardia civil, se le tenía mucho respeto. Temía que mi padre se lo llevase al cuartel y le diese un montón de palos.

El caso es que viendo esas escenas mi cuerpo reaccionó mi mente se turbó veía las cosas rojas, me sentía excitado, mi cabeza estaba dando vueltas y mi colita estaba como la de Ramón. Mientras, veía las calientes escenas en las que Ramón penetraba a su madre como los perritos y esta lamía la rajita a su hija a la vez que ella lamía los sexos de su madre y su hermano. Yo no podía más en mi excitación y en una de esas apoyé mi mano en la puerta, pero se ve que olvidaron cerrar con llave la puerta porque esta se abrió de golpe. Todavía se me hiela la sangre al recordarlo. Sus tres pares de ojos mirándome, yo estaba con la tienda de campaña, ellos, desnudos, sudados y con sus cuerpos entrelazados. Antes de que reaccionaran o dijesen algo, salí por piernas hasta mi casa. Probablemente si me hubiesen cronometrado habría rebajado el record de los cien metros lisos en un par de segundos, no recuerdo correr tanto en mi vida. Estaba sudando en mi cuarto, con un susto tremendo, y lo peor de todo es que no podía contarles nada a mis padres, me hubiese muerto de vergüenza.

Los días siguientes evité jugar con mi amigo Jonay cerca de esa casa. Si veía a doña Mariángeles, a Ramón o a Elena, salía por patas antes de que pudiesen acercárseme. Sin embargo, un día mi madre me envió a un encargo al supermercado y estaba distraído buscando en las estanterías del establecimiento el artículo que me pidió cuando noto una mano en mi hombro. Cuando me giro veo la cara de Elena, la sangre se me heló, temblaba como una batidora, yo me imaginaba que su hermano me esperaba a la salida para matarme. Sin embargo, ella sonreía y me dio un beso en la mejilla. Me acarició y me dijo que no estuviese asustado. Yo me relajé un poco, cuando salimos del supermercado y no ví a su hermano, me relajé del todo. Ella me dio un helado que compró en el supermercado y me llevó hasta un banco de la plaza. Allí me dijo que no me preocupase que no estaba enfadada por lo de aquel día pero que, por favor, no le dijese nada a nadie. Yo le prometí que jamás se lo contaría a nadie y ella me dio un besito en mi mejilla.

Me acompañó a mi casa para que le diese a mi madre el encargo y la vuelta, luego, fuimos a un molino abandonado a las afueras del pueblo. Allí me preguntó si me gustaba lo que vi, yo no lo entendía, ella me acaricio el muslo y fue subiendo hasta que tocó mi entre pierna, yo vestía un pantaloncito corto y una camiseta, ella metió su mano en mis calzoncillos y acarició mi colita. Entonces, me besó en la boca, yo jamás había hecho eso. Sus labios presionaban los míos, su lengua abrió mi boca y acarició mi lengua. Yo estaba descubriendo sensaciones nuevas, el sabor a menta de su boca no era especialmente agradable, pero me sentía excitado, además, su mano iba palpando mi colita que crecía por segundos y se volvía rígida. Yo me dejaba hacer, estaba paralizado, cuando ella se quitó su camiseta y su sostén.

Dos hermosos senos, gigantescos para mí entonces, que aunque no eran tan grandes como los de su madre, eran más firmes, quedaron al alcance de mi vista. Eran blancos como la leche y sus pezones sonrosados tenían la puntita grande y dura como si hiciese frío. Yo no dije nada cuando me preguntó si me gustaban sólo los miraba extasiado, pero ella cogió mi cabeza y llevó mi boca a uno de sus pezones. Yo instintivamente chupé como si fuese un bebé de dos meses y ella mi mamá. Poco a poco, cogí confianza y agarré una teta con cada mano y me tiré encima de ella que reía. Yo estaba loco, lamí sus pechos hasta que me dijo que me iba a dar un regalo por ser tan buen chico y guardarle el secreto.

Me hizo sentarme en un murito de piedra y me bajó mi pantalón y los calzoncillos, mi colita, un palo duro, saltó como un resorte apuntando hacia el cielo. Elena acarició con su mano mi palito y acercó su boca. El placer que sentía con el vaivén de su mano se incrementó cuando el calor y la humedad de su boca lo recorrieron desde la punta hasta el tronco. Yo no sabía que era lo que hacía pero quería que siguiese que viniese lo que sin saber el qué, tenía que venir. Mi cuerpo estaba tenso como un cable de acero y de repente, estalló. Mi cuerpo se convulsionó y sentí que algo recorría mi palito junto con unas descargas eléctricas. Ella me miró y me sonrió, luego, me dio un besito en la frente y me dijo que se iba a casa. Yo me dije que aquello igual no se volvía a repetir así que me arriesgué y le pregunté si podía tocar su cosita. Ella se quedó callada y pensé que me iba a decir que no, pero se sentó en el murito y se quitó sus bragas, luego subió su falda poco a poco y dejó ver su sexo. Aunque entonces yo sólo tenía ojos para esa fascinante región de su cuerpo, Elena era una chica muy linda. Un cuerpo de infarto, una carita angelical y su pelo rubio. Si hubiese nacido en Madrid, hubiese sido una modelo juvenil, pero en el pueblo, su esperanza era casarse.

Me invitó a acercarme y yo comencé a tocar con mis dedos, los introduje en esa cuevita mientras ella gemía. Era húmedo y caliente, su olor era fuerte, pero me mareaba a la vez que notaba excitación. Me pidió con voz entrecortada que se lo lamiese, yo dudé, pero poco a poco me acerqué a mirar la cuevita desde cerca hasta que ella me agarró la cabeza y aplastó su sexo contra mi boca. Yo me asusté y comencé a lamer para que me dejase salir pero la textura me hacía cosquillas en la lengua y en los labios, además, me estaba excitando otra vez. Estaba yo en esto cuando ella me preguntó si otra vez estaba empalmado, yo no lo entendí, pero ella continuó diciendo si quería hacerlo como los hombres. Yo era muy orgulloso y me consideraba tan valiente como cualquier hombre. Y decir que no era como ser un cobarde. Le dije que sí y me dijo que introdujese mi palito en su cuevita, así lo hice y me indicó que entrase y saliese. Me gustó la sensación y la aceleré mientras agarraba su cintura. Finalmente me volví a derramar y caí sobre sus sudorosos pechos que lamí ella me sonrió, se vistió, me dio un beso en la boca y me dijo que me pasase a merendar al día siguiente a su casa. Yo me vestí y me quedé adormilado un rato a la sombra de una higuera, luego, volví a casa donde me esperaba Jonay para jugar, pero la verdad es que no me interesaban los juegos que mi amigo tenía que proponerme. Sólo esperaba jugar con Elena en su casa a la hora de la merienda.

Fuentes:

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http://pornopedia.joomla.com/2-uncategorised/3-hermanita-inocente

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El accidente

Viernes 14 de Julio de 2017 12:14
 

Hace mucho tiempo que ocurrió lo que a continuación voy a relatar, contaba por aquél entonces con 13 años, siempre fui una persona con la temperatura sexual bastante elevada, me masturbaba desde hacia tiempo, si bien no obtenía una eyaculación el placer de subir y bajar la piel de mi pene era fantástico, aunque en casa siempre había alguien rondando, y no había mucha privacidad, las pocas ocasiones que encontraba disponibles las aprovechaba al máximo.

Era un Domingo y según recuerdo la mayor parte de la familia había salido a misa o a algún otro lado, en casa estábamos mi hermana menor, dos años menor que yo, y una de mis hermanas mayores, muy mayores, ella tendría alrededor de 23 años, baja de estatura, piel morena clara y cabello negro y lacio hasta casi llegar a sus caderas, ojos expresivos y unos labios gruesos y muy tentadores, lo demás, caramba, era mucho mejor, unas piernas gruesas y bien formadas, caderas amplias y acompañadas por dos hermosas nalgas, porque eso eran si señor, dos hermosas nalgas, una cintura no tan estrecha como tal vez muchos desearían, pero delineada, la parte superior de su anatomía, era probablemente lo mejor de su cuerpo, dos bellos senos que en muchas ocasiones la hicieron sentirse apenada por los piropos de los que pasaban a su lado, y aunque eran sublimes a ella no le hacían sentirse muy bien, se sentía desencajada, y fuera de lugar con sus pechos tan grandes.

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Ella fue muchas veces la fuente principal de mis masturbaciones, estaba yo muy pendiente de sus movimientos, y sus descuidos los gozaba yo enormemente, y aunque ella era muy recatada y se cuidaba en todo momento de no mostrar nada, tenía sus descuidos, si bien cuando usaba faldas, o bien, cuando sus blusas no soportaban la presión y botaban alguno que otro botón de su pecho, eran vistas muy fugaces, y escasas, pero una sola visión de sus pechos me bastaba para continuar en mis tareas manuales por un buen tiempo, hasta que otra visión tuviera lugar.

Ese día precisamente, ella estaba tomando una ducha, mi hermana menor estaba en uno de los patios haciendo tanto ruido que mi hermana pensó que estábamos los dos jugando, y con la confianza de sentirse sola dentro de la casa, tuvo a bien para mi, salir y caminar del baño a su recamara solo con sus bragas y sostén puestos, una toalla enredada en el pelo a modo de turbante y nada más, yo que estaba en la sala, pude observar paso a paso su avance, el bamboleo de su trasero y sus pechos solo dentro del sostén, casi me da un infarto.

Alrededor de media hora después, ella salió de su habitación vestida tan solo con una gruesa bata de baño y con un montón de ropa entre sus manos, y se dirigió al cuarto de lavado, y también allá la seguí yo, a un lado del mismo estaba ubicado un pequeño patio que usaban para secar la ropa al sol, recargados sobre la pared se encontraban unos maderos gruesos que mi papá usaba en su trabajo, cuando mi hermana terminó de lavar su ropa y se dirigió al patio a tenderla, se encontró con que no había de donde colgar la ropa, puesto que por la mañana mi papá había quitado los tendederos, ella se dispuso a poner uno por cuenta propia y tomó un cable y lo ató de un extremo a unos ganchos que tenia mi papá para ese propósito en una de las paredes, y el otro extremo lo quiso poner del otro lado del patio, pero fallo el gancho y se desprendió de la pared, no habiendo otro sitio a donde ponerlo, a mi hermana se le hizo fácil amarrar el extremo faltante a uno de los maderos gruesos y pesados, pero al intentar hacerlo, uno de ellos resbaló y lamentablemente golpeó su cabeza, ella, simplemente se desvaneció.

Yo que estaba pendiente de ella a ver si lograba obtener otra visión de su suculento cuerpo, inmediatamente corrí en su ayuda, pero qué podía hacer un pequeño como yo, y sobretodo sin conocimientos en ese tiempo de primeros auxilios, me espanté como no tenía idea de que se podía uno asustar, y me quedé de piedra cuando me di cuenta de que al caer, se le había abierto la bata, dejando al descubierto su pecho y parte de sus piernas.

Siempre he dicho que no existe ni dios ni el diablo, eso está dentro de nosotros, y en ese instante afloró en mí el diablo, me olvidé por completo del bienestar de mi hermana, y aproveché la ocasión.

Desabroché el nudo de su bata y la abrí por completo, con las manos temblándome por la excitación, sudé frío cuando pude por fin tener su cuerpo descubierto, palpé sus piernas blancas y suaves, el corazón casi se me sale del pecho cuando llegué a su abultada entrepierna y suavemente comencé a acariciarla sentía el calor de su vagina desbordando sus bragas quise bajarlas, pero me fue imposible, así que tomé el elástico de una pierna y lo deslice dejando al descubierto su peludo chocho, un dedo mío fue recorriendo sus labios vaginales y poco a poco se introdujo en ella, volví la vista hacia su cara cuidando de que no fuera a volver en sí y me atrapara en una situación por demás comprometida, y me encontré con sus pechos, ella seguía inconsciente, así que me lancé y saqué sus tetas del encierro eran blancas, las aureolas de un color café marrón y los pezones gruesos y muy grandes, me prendí de sus tetas como recién nacido y pronto para mi placer comenzaron a erectarse, era impresionante, de por sí eran grandes, excitados eran como la punta de uno de mis dedos, no pude contenerme y saqué mi pene de su encierro, me acomodé lo mejor que pude y mientras mamaba de sus pechos fui enterrando mi miembro dentro de su vagina, no puedo describir lo que sentí, electricidad recorriendo mi cuerpo, todo mi ser estaba centrado en mi boca y mi pene, por instinto y nada más comencé a bombear adentro y afuera en un ritmo suave me gustaba la sensación cuando empujaba y mi pelvis chocaba contra la de ella, su cuerpo auque inconsciente comenzó a responder y una ligera lubricación en su vagina me permitió disfrutar mucho más de mis embestidas, debo reconocerlo no aguanté mucho, la situación me tenía excitado a mas no poder, y me vine, me vine y logré una eyaculación que para mi fue la gloria.

En cuanto me recuperé, acomodé mi ropa y la suya, comencé a dar gritos para pedir ayuda, mi hermana menor me escuchó y llamó a una vecina que al ver la situación llamó a una ambulancia, dos días después mi hermana estaba de vuelta en casa, mi familia me tuvo como héroe por haber descubierto a mi hermana y llamar a gritos por ayuda, pero ella por desgracia no volvería a ser igual, ese golpe le dejó un traumatismo que le provocaba desmayos muy seguidos, ella dejó de salir a la calle, por la preocupación de caer desmayada en medio de la calle y yo, me dediqué a estar más cerca de ella, por si me volvía a necesitar…

Cediendo a la tentación

Jueves 13 de Julio de 2017 21:26
 

Hola me llamo Sonia y tengo 46 años, soy divorciada y tengo un hijo de 19 años llamado Jorge, aunque no soy una mujer muy bonita todavía atraigo las miradas de algunos hombres y les voy a contar lo que me sucedió con mi hijo

Tengo que reconocer que desde que mi amiga Claudia me había comentado que mi hijo me miraba últimamente de otra forma y que le había notado excitarse al hacerlo, algo había cambiado en mi comportamiento.

Aunque, quizás por mi educación por ese puritanismo que nos han enseñado me negaba a aceptar que eso pudiese ser así, se lo negaba a mi amiga y me negaba a creerlo. Esto era un gran problema, que a cualquier madre le preocupa, porque son situaciones que no sabes muy bien como manejarlas.

Pero lo cierto es que quizás inconscientemente en un principio empecé a hacer cosas para probar si eso era cierto.

Me di cuenta que cada vez me paseaba por casa con menos ropa cuando estaba Jorge y, que sin querer, me dedicaba a controlar sus reacciones, sus miradas, en fin a tratar de saber si se excitaba o no como decía mi amiga.

Una mañana todas mis dudas desaparecieron. Como todos los días me había levantado a preparar el desayuno y Jorge, mi hijo entró como siempre a la cocina a desayunar, me dio un beso, y se sentó a la mesa. Siempre solía ir en slip y camiseta. Yo, como ya he dicho, no se si consciente o inconscientemente, o eso quería creer, últimamente solía ir muy cómoda. Ese día me acuerdo que llevaba una bata corta porno sushi xxx de raso que me llegaba justo debajo las nalgas, atada con un cinturón y, aunque suelo dormir con bragas, las había echado al cesto de la ropa sucia y no llevaba nada. Lo cierto es que me pase todo el tiempo agachándome a coger cosas que se me caían, si lo hacía de frente Jorge podía verme las tetas por el escote abierto de la bata, y si lo hacía de espaldas le dejaba ver todo mi culo Al irle a servir el café con leche y las tostadas le ofrecí la vista de nuevo de mis tetas que asomaban por la bata medio abierta, y vi como una de sus manos estaba debajo de la mesa.

De nuevo me agaché pero esta vez para con disimulo mirar donde estaba la mano de mi hijo. Una sensación de vergüenza, de nerviosismo y creo que también de excitación me recorrió como un latigazo videos de sexo cuando vi que su mano agarraba su pedazo de mástil que parecía querer romper el slip. Nerviosa y excitada salí rápidamente de la cocina Esa mañana cuando me quedé sola en casa no hacía otra cosa que pensar en el bulto de mi hijo y en lo que me decía mi marido sobre como le excitaba a Jorge. Sin darme cuenta, sentada en la taza del baño, me sorprendí con la bata abierta, tocándome, con mis labios abiertos, húmedos y mis dedos jugando con mi clítoris. Me miré en el espejo que ocupa todo el frente del baño, me vi los pechos con los pezones rosados duros y excitados, me los acaricié. Venciendo la vergüenza de pensar que estaba así por la excitación que le producía a mi hijo, y no se si siendo consciente que me había puesto así viéndolo como un hombre que quería follarme, que podía hacerlo. Estos pensamientos me llevaron a sentir, cuando mis dedos se metían en mi vagina una y otra vez, que era la polla de mi hijo, de Jorge, la que entraba y salía de mi, la que en aquellos momentos me estaba follando con el ímpetu, con la fuerza, con el ardor de un joven en plena efervescencia. No tardé en sentir un orgasmo intenso, profundo y muy rico cuando imaginé la leche caliente de mi hijo llenándome la vagina. Abrí los ojos y de nuevo me miré en el espejo, con mis pezones aún duros y excitados, abierta de piernas y notándome muy mojada sentí la sensación de ser una zorra.

Pero desde aquel día, desde aquella mañana, mi cabeza no hacía más que pensar en eso. Por supuesto no le comenté nada a mi amiga, me daba una vergüenza tremenda el solo reconocer que tenía razón, mucho menos el contarle que excitada como pocas veces, me había masturbado pensando en mi hijo follandome y dejando toda su leche dentro de mi.

A partir de aquel día todo cambió en mí, ya no podía dejar de pensar en mi hijo, no podía dejar de pensar en aquel hombre que tenía en casa, me masturbe un montón de veces pensando en mi hijo follandome. Creo que hasta mi relación con Arturo cambió. Ahora era mi hijo el que despertaba mis instintos el que hacía que me mojase casi todos los días.

Descubrí con agrado que las fantasías de las mujeres son mucho más complejas, interesantes y perversas de lo que nadie había imaginado, ni imaginará.

Hasta que una mañana, Jorge había terminado los exámenes y no tenía clase, lo oí levantarse y meterse en el baño, eran como las diez, no sé que me pasó, pero sin apenas pensarlo, me quité la bata que llevaba y me quedé, esperándolo en la cocina, con un camisón corto casi transparente de verano, dudé en quitarme también las bragas pero no me atreví, y esperé a que viniese a la cocina a desayunar.

De espaldas, preparándole las tostadas, sentí su mirada, sentí que en silencio me observaba desde la puerta, yo hice como que no me había dado cuenta que estaba allí. Como una autentica zorra caliente, sin poder evitarlo, hacía movimientos que dejasen mi culo a su vista con mis bragas metidas entre las nalgas. Lo sentí acercarse silencioso, sacarme una foto con su nueva cámara digital, a la vez que me daba los buenos días y un beso en el hombro sentí su pene duro como una piedra apretarse contra mi culo, al momento mi cuerpo se electrizo y sentí un calor intenso entre mis piernas. Sin apartar su polla de mi culo, sintiéndola acomodarse entre mis nalgas, y sin hacer yo tampoco nada por apartarme, me cogió por la cintura, y me preguntó que preparaba. Casi sin respiración, y sin valor para darme la vuelta y mirarle, le contesté que unas tostadas. Sentía como me iba mojando, sentía el calor de mis deseos. Él seguía allí, sentía como le palpitaba el pene, me miré los pezones estaban disparados bajo el fino camisón, notaba como me mojaba más y más, que vergüenza no podía volverme, ¿por qué me habría quitado la bata? Las tostadas ya estaban, pero no podía volverme y tampoco quería, el gusto que sentía al notar la polla de mi hijo me estaba volviendo loca, hubiese querido darme la vuelta y sentirla sobre mi vientre, agarrarla y besándola llevarla hasta dentro de mi, ser follada allí en ese momento por mi hijo.

Pero la vergüenza, los prejuicios y la educación me tenían inmóvil, no me dejaban ni respirar. En ese momento Jorge se separó de mí, y se fue a sentar a la mesa, aproveché el momento que volvió la espalda para dejar las tostadas encima de la mesa y salir de la cocina. Me fui a mi dormitorio a buscar la bata, estaba temblorosa y sudaba, mis pechos parecían que iban a reventar y tenía toda la braga mojada, mirándome en el espejo me pregunté como podía estar así por mi hijo, pero me gustaba no lo podía remediar.

Sin pensarlo metí mi mano bajo la braga y noté mis labios abiertos, mojados y calientes, que rico que bien estaba. De pronto se abrió la puerta y entró Jorge, - mamá ¿te pasa algo? Te he notado temblar, se me acercó, yo había sacado la mano rápidamente, se colocó frente a mí y trató de disculparse diciendo que igual me había molestado, pero que se levantaba de la cama muy excitado y que tenía la madre más guapa del mundo. Yo seguía con mi camisón corto y las bragas empapadas. Al sentir su cuerpo rozar el mío para darme un beso, sentí de nuevo esa sensación de deseo de pasión. Sentí su bulto volverse a pegar a mi, aunque ahora no estaba duro, me dio un beso en la mejilla sin despegarse, enseguida noté que volvía a crecer su pene dentro del slip. En ese momento yo le abracé diciéndole que no se preocupase que eran cosas normales. Ahora si sentía como había deseado su polla dura golpearme el vientre, no me separé, no podía.

Mientras estábamos pegados yo le hablaba de la naturaleza de los chicos, de las cosas que eran normales, etc. notaba como el se restregaba contra mi, notaba su polla apretarme el vientre y según hablábamos la movía y movía y había crecido como no podía imaginar. Había apoyado sus manos en mis caderas mientras yo acariciaba su cara tratando de calmarle, aunque la que estaba disparada estaba yo, notaba mis tetas que iban a reventar clavar los pezones en el pecho de mi hijo. Él seguía frotando su pene contra mi vientre a la vez que me apretaba contra él cogida de las caderas No podía aguantar, quería, necesitaba ser follada por aquel muchacho, por mi hijo. Sin poderlo evitar le cogí por las nalgas y yo también le apretaba contra mi. Sus manos se metieron por debajo de mi camisón hasta agarrarme las nalgas, con los ojos cerrados arrimé mi mejilla a la suya, le deseaba, sus dedos, apartando mi braga empezaron a recorrer la raja entre mis nalgas, yo movía las caderas como una zorra caliente chat porno para sentir su polla golpearme el vientre. Empecé a bajarle el slip, con mis manos en su culo tiraba de él hacia abajo, pero su polla, tiesa, dura como un palo, no me dejaba bajárselos Llevé mis manos hacia adelante hasta liberar aquel pedazo de carne que estaba a punto de reventar.

Quería sentir toda su leche en mí, necesitaba ser follada por mi hijo, necesitaba ser follada en aquel momento. Me aparté, le cogí de la mano y le llevé hasta la cama, le di un beso en la boca y comencé a bajarme las bragas, él me miraba, yo con la vista baja no me atrevía a mirarle. Estamos locos, hijo, si estamos locos mami, pero que linda locura". "Si, hijo, soy tu mujer, cógeme, date el gusto y dámelo a mi". Pensé en quitarme el camisón también y tumbarme para que se abalanzara sobre mi y me follara, no pude, me coloqué de espaldas a él, me abrí de piernas y me acerqué para que desde atrás me follara, sentí una cabeza enorme entre mis labios deseosos de que entrase en ellos, y lo hizo aquel tizón encendido se clavó en la vagina caliente, mojada y deseosa que su madre le ofrecía. Empecé a menear mis caderas como una perra en celo, a sentir como entraba una y otra vez llenándome la vagina, haciéndome gozar como nunca lo había hecho.

Me cogía de las caderas y la clavaba una y otra vez haciendo que mis tetas bailaran a su son, duras, con los pezones erectos y balanceándose a su ritmo, hasta que noté un cálido y cremoso chorro de leche que brotaba llenándome la vagina de la leche de mi hijo. Me corrí, me corrí como pocas veces lo había hecho, el inmenso placer que siente una madre al alcanzar un orgasmo tras otro con su hijo, es la cosa mas morbosa y mas emocionante que jamás pudiera haber imaginado, deseaba entregarme entera y que me penetrara analmente pero ya se los contaré.

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