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Verano Gris

Viernes 14 de Julio de 2017 12:25
 

Yo recuerdo que mi infancia fue feliz, probablemente más que la que tendrá mi hijo. No porque tuviese más cosas materiales sino por todo lo contrario. Tendrá más posesiones materiales de las que pueda desear y eso no le permitirá usar su imaginación. Será más inteligente debido a los estímulos que recibirá desde pequeño, pero no tendrá la riqueza de un mundo interior creado por la imaginación y la literatura. En fin, este prólogo es el inicio de una historia que se remonta a los primeros años de democracia española tras el régimen franquista, recuerdo que tendría yo seis o siete años años y correteaba por el pueblo de mi abuelo con mi amigo, Jonay, matábamos lagartos-hoy en día, eso está muy perseguido por las leyes medioambientales-, corríamos de un lado para otro, en fin, lo que hacen los chavales en los pueblos.

Recuerdo que por las tardes mi padre se iba a echar una partida de cartas con los amigos, mi madre hablaba con las amigas mientras tomaban café y mis abuelos dormían la siesta. Fue una de esas tardes cuando hice un descubrimiento que cambiaría mi vida. Yo era un pequeño regordete y muy despistado, por lo tanto, mi madre y sus amigas no pensaban que yo entendiese algo de lo que decían por lo que hablaban con total libertad, mientras yo jugaba a su alrededor. Mi padre era Guardia Civil, pero la verdadera investigadora era mi madre, con sus amigas tenían un servicio de inteligencia que ya lo hubiesen querido la CIA o el KGB, se enteraban de todo lo que sucediese en el pueblo.

Como decía fue una tarde de verano cuando oigo esta conversación:

- … ¿y cómo es que Isabelita no vino?

- Ay, Carmencita, ¿no lo sabes?

- No, ¿qué?, dímelo.

- Ay, pues que ahora tiene otro querido, mientras su marido está en la capital, se acuesta con Juanito, el de María.

- No si siempre a sido muy golfa esa mujer.

- Bueno, peor es lo de Mariángeles. Que hacía cosas con su madre y su hermano, por eso, su padre se suicidó, ¿no te acuerdas?

- Sí, pero ahora está casada y tiene dos hijos, un niño y una niña, ¿no?

- Pero, ¿has echado cuentas? Se comenta que el chico es el hijo de su hermano, no has visto la pinta de bruto y retrasado que tiene, jajajaj

- Que mala eres, Pili, eso no lo sabes…

Bueno, yo no entendía muy bien la conversación, pero como digo, pese a ser muy niño sabía lo que era acostarse porque lo había visto hacer a los animales en el pueblo. No entendía que dos mujeres lo hicieran, así que llevaba los juegos a los alrededores de la casa de Mariángeles, allí jugábamos con frecuencia Jonay y yo. No le dije nada a mi amigo porque me daba vergüenza hablar de eso con él, por aquel entonces pensaba que jugar con chicas era de afeminados, hoy daría lo que fuese por haber jugado más con ellas, pero a los médicos y cosas así, no obstante cuando llegué a los ocho años, mi mente había cambiado y algo sí pude aprovechar de la infancia.

Poco a poco, me extrañó que doña Mariángeles llamase a sus hijos al rato de que se marchase su marido al bar del pueblo a jugar a las cartas- esto lo sabía porque de vez en cuando iba al bar a incordiar a mi padre que me invitaba a un helado para que me fuese a jugar a otro lado-. Un día que Jonay estaba castigado por su madre y no podía jugar conmigo. Fui al ciruelo que estaba cerca de la casa de doña Mariángeles y trepé a él, pero esta vez al rato de que entraran me acerqué a espiar por las ventanas, no es que sospechase nada de lo que ocurría, sólo quería saber si les daba algún postre rico. Y bueno, rico sí era, postre, no sé…

Ví como entraban al dormitorio con cama de matrimonio y busqué la ventana que daba a esa habitación. No tuve suerte porque estaban cerradas y con unas puertitas que impedían ver a través de los cristales, pero oí unos ruidos raros, eran personas, pero no sabía que significaban. He de decir que cuando era niño, no meditaba mucho las consecuencias y sin pensarlo dos veces entré en la casa- en aquella época, las puertas siempre se dejaban abiertas en el pueblo-. Hoy, me pongo nervioso sólo con recordar lo que hice pero entonces sólo pensaba en descubrir lo que sucedía en ese cuarto.

Poco a poco, me acerqué a la puerta del dormitorio y lógicamente, la puerta estaba cerrada, pero aunque hoy en día, las cerraduras son minúsculas por aquel entonces en esas casas viejas del pueblo, las cerraduras eran para llaves enormes y, por tanto, tenían un agujero que permitía ver las cosas del interior del cuarto bastante bien. Afortunadamente, la de ese cuarto no era la excepción. Miré y no entendí bien lo que veía. A veces pienso, que yo fui mentalmente muy tardío en madurar intelectualmente, en fin, doña Mariángeles estaba con la falda subida y la blusa abierta dejando a sus hijos Ramón y Elena jugar encima de ella. Yo pensé que todavía los amamantaba como a los niños porque los vi a los dos chupando un pezón cada uno, ingenuo, pensé que era la hora de darles el pecho. Aunque me extrañó que luego Ramón chupase y lamiera la rajita de su madre o como introducía su colita en la rajita de su madre mientras esta besaba, chupaba y lamía el cuerpo de su hija, sus senos, su rajita. Era francamente raro para mi inocente- cada vez menos- mente. En aquel entonces, yo no percibía el atractivo del cuerpo de Mariángeles y Elena.

Sin embargo, visto con mi mente adulta, eran bastante hermosas, Mariángeles, con treinta años, tenía unas tetas enormes y no era gorda, rellenita si acaso, de metro setenta, pelo negro azabache tenía una boca de labios gruesos que incentivaban para las mamadas. Su hija, Elena, era medio rubia, medio castaña, para sus catorce años tenía unas tetas enormes y un culo de infarto, era algo más alta que yo, pero no mucho pues yo era bastante alto para mi edad. Recuerdo que ya a esa edad los chicos mayores, los hombres y los viejos verdes le decían de todo cuando pasaba con la compra del supermercado. Era muy bonita y alguna vez me había regalado caramelos o me había dado un beso en la mejilla cuando me veía jugando de pequeño. Su hermano, en cambio, era el matón del pueblo y, a mi amigo Jonay, le había dado más de una paliza. A mí, me dejaba en paz porque en aquella época a los picoletos, así se llama coloquialmente a la guardia civil, se le tenía mucho respeto. Temía que mi padre se lo llevase al cuartel y le diese un montón de palos.

El caso es que viendo esas escenas mi cuerpo reaccionó mi mente se turbó veía las cosas rojas, me sentía excitado, mi cabeza estaba dando vueltas y mi colita estaba como la de Ramón. Mientras, veía las calientes escenas en las que Ramón penetraba a su madre como los perritos y esta lamía la rajita a su hija a la vez que ella lamía los sexos de su madre y su hermano. Yo no podía más en mi excitación y en una de esas apoyé mi mano en la puerta, pero se ve que olvidaron cerrar con llave la puerta porque esta se abrió de golpe. Todavía se me hiela la sangre al recordarlo. Sus tres pares de ojos mirándome, yo estaba con la tienda de campaña, ellos, desnudos, sudados y con sus cuerpos entrelazados. Antes de que reaccionaran o dijesen algo, salí por piernas hasta mi casa. Probablemente si me hubiesen cronometrado habría rebajado el record de los cien metros lisos en un par de segundos, no recuerdo correr tanto en mi vida. Estaba sudando en mi cuarto, con un susto tremendo, y lo peor de todo es que no podía contarles nada a mis padres, me hubiese muerto de vergüenza.

Los días siguientes evité jugar con mi amigo Jonay cerca de esa casa. Si veía a doña Mariángeles, a Ramón o a Elena, salía por patas antes de que pudiesen acercárseme. Sin embargo, un día mi madre me envió a un encargo al supermercado y estaba distraído buscando en las estanterías del establecimiento el artículo que me pidió cuando noto una mano en mi hombro. Cuando me giro veo la cara de Elena, la sangre se me heló, temblaba como una batidora, yo me imaginaba que su hermano me esperaba a la salida para matarme. Sin embargo, ella sonreía y me dio un beso en la mejilla. Me acarició y me dijo que no estuviese asustado. Yo me relajé un poco, cuando salimos del supermercado y no ví a su hermano, me relajé del todo. Ella me dio un helado que compró en el supermercado y me llevó hasta un banco de la plaza. Allí me dijo que no me preocupase que no estaba enfadada por lo de aquel día pero que, por favor, no le dijese nada a nadie. Yo le prometí que jamás se lo contaría a nadie y ella me dio un besito en mi mejilla.

Me acompañó a mi casa para que le diese a mi madre el encargo y la vuelta, luego, fuimos a un molino abandonado a las afueras del pueblo. Allí me preguntó si me gustaba lo que vi, yo no lo entendía, ella me acaricio el muslo y fue subiendo hasta que tocó mi entre pierna, yo vestía un pantaloncito corto y una camiseta, ella metió su mano en mis calzoncillos y acarició mi colita. Entonces, me besó en la boca, yo jamás había hecho eso. Sus labios presionaban los míos, su lengua abrió mi boca y acarició mi lengua. Yo estaba descubriendo sensaciones nuevas, el sabor a menta de su boca no era especialmente agradable, pero me sentía excitado, además, su mano iba palpando mi colita que crecía por segundos y se volvía rígida. Yo me dejaba hacer, estaba paralizado, cuando ella se quitó su camiseta y su sostén.

Dos hermosos senos, gigantescos para mí entonces, que aunque no eran tan grandes como los de su madre, eran más firmes, quedaron al alcance de mi vista. Eran blancos como la leche y sus pezones sonrosados tenían la puntita grande y dura como si hiciese frío. Yo no dije nada cuando me preguntó si me gustaban sólo los miraba extasiado, pero ella cogió mi cabeza y llevó mi boca a uno de sus pezones. Yo instintivamente chupé como si fuese un bebé de dos meses y ella mi mamá. Poco a poco, cogí confianza y agarré una teta con cada mano y me tiré encima de ella que reía. Yo estaba loco, lamí sus pechos hasta que me dijo que me iba a dar un regalo por ser tan buen chico y guardarle el secreto.

Me hizo sentarme en un murito de piedra y me bajó mi pantalón y los calzoncillos, mi colita, un palo duro, saltó como un resorte apuntando hacia el cielo. Elena acarició con su mano mi palito y acercó su boca. El placer que sentía con el vaivén de su mano se incrementó cuando el calor y la humedad de su boca lo recorrieron desde la punta hasta el tronco. Yo no sabía que era lo que hacía pero quería que siguiese que viniese lo que sin saber el qué, tenía que venir. Mi cuerpo estaba tenso como un cable de acero y de repente, estalló. Mi cuerpo se convulsionó y sentí que algo recorría mi palito junto con unas descargas eléctricas. Ella me miró y me sonrió, luego, me dio un besito en la frente y me dijo que se iba a casa. Yo me dije que aquello igual no se volvía a repetir así que me arriesgué y le pregunté si podía tocar su cosita. Ella se quedó callada y pensé que me iba a decir que no, pero se sentó en el murito y se quitó sus bragas, luego subió su falda poco a poco y dejó ver su sexo. Aunque entonces yo sólo tenía ojos para esa fascinante región de su cuerpo, Elena era una chica muy linda. Un cuerpo de infarto, una carita angelical y su pelo rubio. Si hubiese nacido en Madrid, hubiese sido una modelo juvenil, pero en el pueblo, su esperanza era casarse.

Me invitó a acercarme y yo comencé a tocar con mis dedos, los introduje en esa cuevita mientras ella gemía. Era húmedo y caliente, su olor era fuerte, pero me mareaba a la vez que notaba excitación. Me pidió con voz entrecortada que se lo lamiese, yo dudé, pero poco a poco me acerqué a mirar la cuevita desde cerca hasta que ella me agarró la cabeza y aplastó su sexo contra mi boca. Yo me asusté y comencé a lamer para que me dejase salir pero la textura me hacía cosquillas en la lengua y en los labios, además, me estaba excitando otra vez. Estaba yo en esto cuando ella me preguntó si otra vez estaba empalmado, yo no lo entendí, pero ella continuó diciendo si quería hacerlo como los hombres. Yo era muy orgulloso y me consideraba tan valiente como cualquier hombre. Y decir que no era como ser un cobarde. Le dije que sí y me dijo que introdujese mi palito en su cuevita, así lo hice y me indicó que entrase y saliese. Me gustó la sensación y la aceleré mientras agarraba su cintura. Finalmente me volví a derramar y caí sobre sus sudorosos pechos que lamí ella me sonrió, se vistió, me dio un beso en la boca y me dijo que me pasase a merendar al día siguiente a su casa. Yo me vestí y me quedé adormilado un rato a la sombra de una higuera, luego, volví a casa donde me esperaba Jonay para jugar, pero la verdad es que no me interesaban los juegos que mi amigo tenía que proponerme. Sólo esperaba jugar con Elena en su casa a la hora de la merienda.

Fuentes:

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